Misterio

El libro de las páginas arrancadas.

Cuatro ejemplares de una novela tienen arrancada la página 83. Lara descubre que ese hueco esconde una verdad que alguien quiso silenciar. Relato de ficción.

Relato de ficción·11 min de lectura·

Ilustración con IA para «El libro de las páginas arrancadas».
Imagen con IA para ilustrar este relato de ficción.
Un momento para leer.

La primera vez pensé que alguien había arrancado la página 83 por rabia.

La segunda, por casualidad.

Cuando abrí el cuarto ejemplar de la misma novela y vi el mismo hueco, entendí que alguien llevaba años intentando impedir que la leyéramos.

Lo peor fue encontrar una frase escrita a lápiz en el margen de la página 82:

«No busques lo que falta. Busca a quién falta».

Todo había empezado tres días antes, cuando la biblioteca de mi barrio anunció que iba a cerrar seis meses por obras. Vendieron duplicados, revistas antiguas y libros que ya no podían restaurar. Entre dos diccionarios compré una novela policial de cubierta azul titulada La decimoctava llave.

Me costó cincuenta céntimos.

La recordaba porque, a los doce años, había intentado leerla a escondidas de mi madre. No pasé del tercer capítulo. Me daban miedo las historias en las que el culpable seguía viviendo entre los vecinos después de que todos hubieran decidido olvidar lo ocurrido.

En casa volví a empezar.

La historia transcurría en una ciudad inventada. Un detective investigaba el desalojo de una calle para construir una avenida. Al llegar al capítulo ocho encontré dos páginas enfrentadas: la 82 y la 84.

La 83 había desaparecido.

No parecía un accidente. El papel estaba desgarrado muy cerca del cosido, con una precisión extraña. Habían dejado una tira de apenas cuatro milímetros.

La página 82 terminaba así:

«Sobre la mesa había dieciocho llaves. El expediente decía que solo existían diecisiete puertas».

La 84 comenzaba:

«Cuando vio el nombre escrito debajo, el detective comprendió a quién habían hecho desaparecer».

Entre ambas frases faltaba justamente lo que quería saber.

Busqué el libro en internet. Era una edición local de 1999, firmada por un tal R. Salvatierra. No había versión digital. Compré dos ejemplares de segunda mano, uno en una tienda del centro y otro a un particular. Ambos tenían el sello morado de la misma biblioteca.

En los dos faltaba la página 83.

El cuarto lo encontré al día siguiente en una caja de libros desechados detrás de la biblioteca. También estaba mutilado. Fue allí donde descubrí la frase a lápiz.

Guardé los cuatro ejemplares en mi mochila y volví al mostrador.

—Necesito saber quién arrancó estas páginas —le dije a Celia, la antigua bibliotecaria.

Celia llevaba cuarenta años rodeada de libros. Tenía una manera de pasar las hojas sin doblarlas que siempre me había parecido un gesto de respeto. Ya estaba jubilada, pero había vuelto para ayudar con el inventario de la reforma.

Extendí los cuatro ejemplares sobre la mesa.

Miró el primero sin tocarlo. Al ver el cuarto, se quedó quieta.

—¿Dónde lo has encontrado?

—En la caja de detrás.

Le enseñé el mensaje a lápiz. Se ajustó las gafas y tardó tanto en contestar que empecé a oír el zumbido de las luces del techo.

—Ese libro debería haberse quedado aquí.

—Entonces sí sabe qué pasó.

—Sé quién quitó la página.

Esperé.

—Fui yo.

No era la respuesta que esperaba.

—¿De todos?

—De los ejemplares de la biblioteca. Eran seis. Los otros dos se perdieron con los años.

—¿Por qué?

Celia cerró el libro despacio.

—Porque me lo pidieron y tuve miedo. Las dos cosas son verdad.

Aquella tarde no quiso contarme más. Solo me pidió que no buscara un quinto ejemplar hasta hablar con una mujer llamada Rosa Tejada. Me dio una dirección: una pequeña mercería al otro lado de la ciudad.

—Dile que te manda Celia. Y no le hagas preguntas delante de los clientes.

Aquel encargo me pareció excesivo para una novela vieja. Estuve a punto de dejarlo correr. Pero cuando llegué a casa vi algo que no había observado: en las cuatro portadas figuraba el mismo subtítulo, «Una novela basada en documentos que nunca debieron extraviarse».

Al día siguiente fui a la mercería.

Rosa tendría unos treinta y tantos años. Llevaba una cinta métrica alrededor del cuello y estaba arreglando la cremallera de una chaqueta. Cuando pronuncié el nombre de Celia dejó las tijeras sobre el mostrador.

—¿Sigue guardando esos libros?

Saqué uno de la mochila.

Rosa no miró la cubierta, sino la página arrancada.

—Entonces aún no te lo ha dicho.

—¿El qué?

Señaló una silla al fondo.

—En mi familia no desapareció ninguna persona —dijo—. Desapareció una casa que nunca había existido. Eso dijeron los papeles.

Me contó que en 1996 derribaron el pasaje del Olmo para ampliar una avenida. Su madre y ella vivían allí, en un piso diminuto sobre una panadería. Rosa tenía ocho años. Recordaba las cajas, el olor de las paredes mojadas y el ruido de las excavadoras esperando al otro lado de las vallas.

A las familias les habían prometido ayudas para el traslado. Algunas cobraron tarde. Otras recibieron menos de lo previsto. Su madre, Teresa, jamás recibió la cantidad que figuraba en los documentos que consiguieron consultar años después.

—En el expediente aparece mi nombre como beneficiaria de una vivienda número dieciocho —continuó Rosa—. Pero el pasaje solo tenía diecisiete. Y yo era una niña. Supuestamente firmé un recibo que nunca vi.

Sentí un frío repentino.

—¿La decimoctava llave?

—No era una llave, Lara. Era una casilla inventada para justificar un pago.

Me enseñó una fotocopia envejecida. En una columna aparecía «Unidad 18». Más abajo, «R. Tejada». La firma era una curva rápida y adulta, nada parecida a los torpes ejercicios de caligrafía de una niña de ocho años.

—¿Por qué no lo denunciasteis?

Rosa apartó la mirada.

—Mi madre sí. Dos veces. La primera le dijeron que había entendido mal. La segunda perdió el trabajo que hacía limpiando unas oficinas municipales. Nunca pudo demostrar que estuviera relacionado. Después dejó de intentarlo.

—¿Y el libro?

—Lo escribió alguien que había visto los expedientes originales. La página 83 no daba la solución de un crimen literario. Decía dónde estaban guardadas las copias de los pagos.

Volví a mirar las fotocopias. No probaban por sí solas quién se había quedado con el dinero. Pero sí mostraban que había una historia que nadie había terminado de investigar.

—¿Quién escribió la novela?

Rosa sonrió sin alegría.

—Pregunta a Celia. Esa es la parte que le toca contar a ella.

Regresé a la biblioteca cuando estaban cerrando. Habían comenzado a vaciar las estanterías. El eco de los pasos llegaba desde salas donde nunca había habido eco.

Celia me esperaba en la mesa de devoluciones. Sobre el tablero había un sobre de papel grueso.

—La autora se llamaba Amalia Serrano —dijo—. «R. Salvatierra» era un seudónimo. Trabajó como mecanógrafa en el servicio de vivienda. Cuando vio que algunas actas no coincidían con los justificantes, guardó copias y trató de contárselo a un periódico. No consiguió que se publicara nada. Escribió la novela para dejar una pista.

—¿Y usted arrancó la página que llevaba hasta ella?

—Sí.

Celia no se defendió inmediatamente. Agradecí que no lo hiciera.

—En 2003 —continuó— vino un hombre con una carta de un despacho de abogados. Decía que el libro contenía datos privados y que la biblioteca debía retirarlo. Me pidió los seis ejemplares. Yo ya sabía lo de Rosa. Pensé que, si entregaba los libros enteros, destruirían las únicas referencias que conservábamos aquí. Quise salvar la novela y proteger a las familias. Arranqué la página 83 y guardé las hojas.

—También consiguió que nadie leyera lo que Amalia había escrito.

—Lo sé.

Se quitó las gafas.

—Al principio creí que era provisional. Luego pasaron los años. Amalia murió. Teresa también. Y cuanto más tiempo guardaba el sobre, más vergüenza me daba abrirlo.

—¿Por qué no llamó a Rosa?

—Porque no quería obligarla a revivirlo sin saber si quedaba alguna prueba. Ese era mi argumento. La verdad es que también tenía miedo de que me preguntara por qué me callé tanto tiempo.

Empujó el sobre hacia mí.

—No he conservado todos los originales. Solo esta hoja y la carta que Amalia me entregó. No basta con que tú la leas. Rosa tiene que decidir si quiere que se utilice.

Dentro estaba la página 83. No tenía un mapa secreto ni una contraseña. Había un párrafo subrayado a máquina:

«La puerta dieciocho no estaba en la calle. Estaba en la contabilidad. A quienes buscaban una casa les dieron una cifra; a quienes miraban el dinero les dieron una firma».

Debajo, una nota al pie indicaba un número de archivo: Traslados / 1996 / Anexo C / Copias de caja.

El segundo papel era una carta de Amalia. Explicaba que había entregado al archivo municipal una copia de seguridad de varios justificantes antes de perder su empleo. Rogaba a Celia que no señalara a ninguna familia sin hablar primero con ella. «La verdad puede reparar una injusticia», había escrito, «pero también puede convertir a quien la sufrió en un espectáculo».

Comprendí entonces la frase en el margen del cuarto ejemplar. No se refería a la página. Se refería a Rosa, cuyo nombre figuraba en un recibo sin que nadie la hubiera escuchado.

—¿Quién la escribió? —pregunté.

—Yo. Hace dos semanas, cuando empezó el traslado de los fondos. Pensé que tal vez habría una persona lo bastante curiosa para preguntar. Cobarde, ¿verdad?

—Un poco —dije.

Celia asintió.

No fue una escena de perdón. Tampoco de reproches interminables. Le pedí permiso para fotografiar el sobre y le dije que no haría nada sin consultar a Rosa.

Rosa lo leyó dos días después en la trastienda de la mercería. Se quedó callada mucho rato. Al final señaló el nombre de su madre en la carta.

—Siempre decía que lo peor no era perder la casa. Era que después le hablaran como si estuviera inventando haber vivido allí.

Fuimos juntas al archivo municipal, esta vez con una abogada de una asociación vecinal que aceptó estudiar el caso. Presentamos una solicitud formal para localizar el anexo y preservar el material durante las obras del antiguo depósito. El archivero no nos prometió nada: el inventario era incompleto y ciertos documentos requerían revisar los datos personales antes de facilitarse.

Tardaron tres semanas en encontrarlos.

Durante esas semanas temí que todo terminara en otra promesa. Rosa siguió trabajando, yo seguí abriendo la librería, Celia llamó dos veces y colgó sin hablar. Ninguna de las tres quería convertir la esperanza en una obligación.

Una mañana llegó la respuesta.

El anexo existía.

En una caja con cubierta gris se conservaban copias de dieciocho órdenes de pago. La número dieciocho correspondía a una vivienda que no figuraba en el plano aprobado del pasaje. El beneficiario consignado era Rosa Tejada, entonces menor de edad. Había también un justificante bancario que no coincidía con el que la familia conservaba. Aquello no identificaba automáticamente a quien había manipulado la documentación, pero sí justificaba una investigación seria.

Rosa pidió copias certificadas a través de su abogada. Otras familias decidieron aportar sus recibos. Dos prefirieron no participar. Se respetó su decisión.

Pasaron meses antes de que hubiera una primera consecuencia visible: el ayuntamiento encargó una revisión independiente de aquella operación y el archivo corrigió la descripción pública del expediente, que hasta entonces hablaba de diecisiete unidades sin mencionar las discrepancias. La posible responsabilidad económica quedó pendiente de análisis. Nadie recuperó mágicamente los años perdidos, ni hubo una detención espectacular al final del capítulo.

Pero Rosa pudo enseñar por primera vez un papel oficial que decía lo que su madre llevaba décadas sosteniendo: había un pago imposible que debía explicarse.

La biblioteca reabrió en primavera.

En una vitrina de la entrada colocaron la primera edición de La decimoctava llave. Estaba abierta entre la página 82 y la 84. A su lado, con autorización de Rosa y los demás participantes, expusieron una reproducción de la página 83 y una nota sobre la investigación histórica. Los nombres privados que no debían publicarse aparecían ocultos.

Celia asistió a la inauguración. No habló al micrófono. Se quedó junto a la vitrina, mirándola durante mucho rato.

Cuando Rosa llegó, Celia intentó disculparse otra vez. Rosa no la abrazó.

—Ojalá lo hubieras contado antes —le dijo.

—Yo también.

—Pero ahora no vuelvas a guardar nada que sea nuestro.

Celia prometió que no lo haría.

Yo había empezado aquella búsqueda queriendo saber cómo terminaba una novela. Al final descubrí que la página más importante no era la que faltaba, sino la que una mujer llevaba treinta años intentando que alguien la dejara contar.

Volví a leer el capítulo ocho una última vez.

La novela tenía una frase que ya no necesitaba explicación:

«No habían borrado una puerta para ocultar una casa. Habían inventado una puerta para ocultar lo que se llevaron».

Desde entonces guardo mi ejemplar incompleto en la librería. Nunca he pegado una copia de la página 83 en su sitio.

No quiero que parezca que nada ocurrió.

En su lugar, he dejado una pequeña nota junto al hueco:

«La historia continúa en las personas a las que nadie preguntó».

Fin del relato. Esta historia y sus personajes son ficticios.