Suspense

La niña de la videollamada.

Una niña aparece detrás de una mujer que vive sola durante una videollamada. Su misteriosa señal permite a Eva descubrir un peligro oculto y un vínculo con su pasado.

Relato de ficción·7 min de lectura·

Una mujer observa con inquietud una pantalla que muestra un interior oscuro durante la noche.
Imagen con IA para ilustrar este relato de ficción.
Un momento para leer.

La primera vez que vi a la niña, pensé que mi madre estaba cuidando a alguien y no quería decírmelo.

La segunda vez, cuando la niña levantó tres dedos frente a la cámara, comprendí que no estaba pidiendo ayuda para ella.

La estaba pidiendo para mi madre.


Mi madre, Adela, llevaba once meses viviendo sola. Después de la muerte de mi padre había vendido la casa donde crecimos y se había mudado a un piso pequeño, con una terraza tan estrecha que apenas cabía una silla. Decía que necesitaba menos habitaciones y menos recuerdos.

Yo vivía a dos horas en tren. Los domingos hacíamos una videollamada después de cenar. Era una costumbre sin importancia hasta la noche en que dejó de serlo.

A las diez y cuarenta y uno apareció en la pantalla, sentada a la mesa de la cocina. Llevaba su jersey gris y tenía detrás la puerta del pasillo. Me preguntó por el trabajo, por el tiempo y por una planta que siempre olvidaba regar. Contesté sin prestar demasiada atención.

Entonces vi a la niña.

Estaba al fondo del pasillo, a la izquierda de la puerta. Tendría unos siete años. Llevaba un vestido claro, el pelo negro suelto y una expresión tan seria que parecía estar escuchando una conversación de adultos.

—Mamá, ¿quién está contigo?

—Nadie. Ya sabes que vivo sola.

—Hay una niña detrás de ti.

Mi madre se giró. La cámara mostró durante un segundo la puerta del pasillo y una esquina de la pared. No había nadie.

—Eva, ¿te has quedado dormida viendo una película de miedo?

Reí por obligación. Tal vez era un reflejo en el cristal de la cocina, una imagen congelada, alguna rareza de la conexión. Pero cuando mi madre volvió a mirar a la pantalla, la niña también volvió.

Esta vez estaba más cerca.

Le hice una captura con el móvil. En la imagen se distinguían la nuca de mi madre y, detrás, la figura pequeña junto al pasillo. La niña tenía una mano levantada. Tres dedos extendidos.

—¿Te encuentras bien? —pregunté.

—Un poco cansada. Llevo toda la tarde con dolor de cabeza.

Se tocó la frente y sonrió con esa tranquilidad que usan algunas madres para cerrar una conversación.

—Será el cambio de tiempo.

La niña bajó un dedo.

No lo hizo deprisa. Cerró el índice sobre la palma y se quedó mostrando dos. Después miró hacia la pared de la cocina, donde estaba instalado el calentador de gas.

Recordé que dos días antes mi madre me había contado que un técnico había revisado el conducto de salida porque el aparato se apagaba solo.

—Mamá, ¿has encendido el calentador?

—Claro. He fregado los platos.

—Necesito que salgas al rellano. Ahora.

—¿Por qué?

—Porque tienes dolor de cabeza y puede haber un problema con el calentador. No quiero que te quedes dentro.

Mi madre abrió la boca para discutir, pero en lugar de hablar se quedó mirando un punto por encima de la pantalla. Se le cayó la cucharilla de la mano.

La niña bajó otro dedo.

Solo quedó uno.

—Mamá.

No respondió.

—Mamá, mírame.

Apoyó una mano en la mesa. Intentó levantarse, pero las piernas no parecían sostenerla. El teléfono se inclinó y la imagen quedó apuntando al techo.

Colgué solo lo imprescindible para llamar al 112. Di la dirección que tenía guardada en sus contactos, expliqué el posible problema con el calentador y repetí que mi madre estaba mareada y quizá no podía salir. La operadora envió ayuda y me pidió que no entrara nadie en la vivienda. Me indicó que intentara mantener contacto con ella y que avisara de un posible riesgo a los vecinos, sin exponer a nadie.

Volví a llamarla.

Contestó. No sé cómo. La cámara enfocaba ahora las baldosas. Oí una respiración trabajosa y el roce de una silla.

—No puedo… —susurró.

—Ve hacia la puerta. No te levantes si te caes. Intenta llegar al rellano, mamá. La ayuda está en camino.

No sé si me oyó.

La imagen giró al caer el teléfono de costado. Por un instante vi la entrada de la cocina. Allí estaba la niña, agachada junto a mi madre. No parecía asustada. Le tocó el hombro y luego señaló la puerta de casa.

Después levantó otra vez tres dedos.

Un golpe seco sonó en el audio.

Luego otro.

Y un tercero.

Los reconocí antes de recordar de dónde.

Al otro lado de la llamada alguien comenzó a llamar a la puerta del piso. Era una vecina del rellano, avisada por emergencias. No entró. Hablaba fuerte para que mi madre supiera que había gente fuera. Minutos después llegaron los equipos de emergencia.

Me quedé mirando la pantalla sin respirar mientras oía pasos, instrucciones y el golpe de la puerta al abrirse. Uno de los intervinientes recogió el teléfono.

—¿Eres la hija de Adela? Está consciente. La estamos sacando de la vivienda. Ha hecho bien en avisar.

Pregunté por la niña.

—¿Qué niña?

—Había una niña en la cocina. Se veía durante la videollamada.

Escuché cómo lo preguntaba a los demás. La respuesta llegó enseguida: no había ninguna menor dentro del piso.


El médico me explicó más tarde que habían encontrado una concentración peligrosa de monóxido de carbono. El conducto del calentador no evacuaba los gases como debía. Mi madre había empezado con dolor de cabeza, cansancio y desorientación. Si hubiera seguido sentada allí, las consecuencias podrían haber sido mucho peores.

Pasó la noche en observación. Cuando llegué a la mañana siguiente, me abrazó tan fuerte que le oí un pequeño quejido.

—No sabía qué me estaba pasando —me dijo—. Solo recuerdo que alguien dio tres golpes en la pared. Me acordé de ti cuando eras pequeña y supe que tenía que salir.

Se me secó la boca.

—¿Por qué te acordaste de mí?

Mi madre se quedó callada. Luego metió la mano en el bolso y sacó una fotografía arrugada que siempre llevaba en la cartera.

Aparecíamos las tres: ella, yo con nueve años y una niña de siete con vestido claro y el pelo oscuro, casi hasta los hombros. Mi hermana Inés.

Inés había muerto veintidós años antes, durante un accidente doméstico. Durante meses mi madre no pudo entrar en aquella casa. Y yo, por alguna razón que nunca supe explicar, había dejado de mirar las fotografías donde salíamos juntas.

En la imagen Inés levantaba tres dedos.

Sentí un escalofrío distinto del miedo.

De pequeñas jugábamos a escondernos por las habitaciones. Cuando alguna tenía que salir de un escondite, la otra daba tres golpes en la pared. Era nuestra señal. «Ya puedes salir», significaba.

Abrí en mi móvil la captura que había hecho durante la videollamada. La amplié. Estaba mi madre en primer plano. Y, detrás, donde no debería haber nadie, una niña de vestido claro levantaba tres dedos.

Mi madre la miró mucho rato. No preguntó si era una edición ni un fallo de la cámara.

Solo acarició la pantalla con la punta del dedo.

—Siempre fue muy buena encontrándonos —dijo.

No volví a ver a la niña. Cambiamos el calentador, revisaron la instalación y mi madre instaló un detector de monóxido de carbono. Seguimos hablando todos los domingos.

A veces, antes de despedirnos, mi madre da tres golpecitos suaves en la mesa.

Y yo le contesto con otros tres.

Fin.

Este relato es una obra de ficción. Los personajes y sucesos son inventados.

Fin del relato. Esta historia y sus personajes son ficticios.