Suspense

Tres destellos en la ventana.

Cada noche, a las 23:12, tres destellos iluminan una ventana. Nora responde y descubre un secreto inquietante. Relato original de suspense con final.

Relato de ficción·7 min de lectura·

Fachada de un edificio de apartamentos de noche, con una ventana iluminada que destaca entre las demás.
Imagen con IA para ilustrar este relato de ficción.
Un momento para leer.

La primera noche pensé que alguien había dejado una lámpara defectuosa encendida.

Eran las once y doce. Yo estaba terminando una traducción junto a la ventana de mi salón cuando, al otro lado del patio interior, una luz se encendió y apagó tres veces.

Tres destellos cortos. Después, oscuridad.

El edificio de enfrente llevaba meses pareciéndome un tablero de ajedrez: ventanas iluminadas, ventanas apagadas, persianas a medio bajar. Aquella estaba en el quinto piso, justo encima de una terraza llena de macetas secas. Nunca había reparado en ella.

La segunda noche ocurrió a la misma hora.

Y la tercera.

Empecé a esperarlo como quien espera una cita que no ha pedido.

Me llamo Nora, trabajo desde casa y llevo apenas seis semanas viviendo en aquel piso. Después de una ruptura larga, me había prometido aprender a estar sola sin convertir cada ruido del edificio en una amenaza. Lo estaba consiguiendo bastante bien, hasta que empecé a contar los destellos.

El jueves acerqué el móvil al cristal y grabé. En el vídeo apenas se distinguía el rectángulo de la ventana, pero los tres flashes estaban ahí.

El viernes decidí contestar.

Apagué mi lámpara de mesa, esperé a las 23:12 y, cuando la luz del quinto piso parpadeó por tercera vez, encendí y apagué la mía tres veces.

Por un instante no ocurrió nada.

Luego la persiana de enfrente subió apenas un palmo.

Detrás apareció una mano abierta, pegada al cristal.

La retiraron enseguida.

Y algo, o alguien, pasó por detrás de la persona que estaba en la ventana.

La luz se apagó.

No me gustó nada aquello.

El sábado recorrí la manzana para averiguar a qué portal correspondía aquel piso. Era el número 18 de la calle paralela, un edificio antiguo con una entrada estrecha y un tablón de anuncios cubierto de avisos viejos. No sabía el nombre de la persona que vivía allí ni tenía un motivo claro para llamar a su puerta. Me marché sintiéndome ridícula.

A las once y doce volví a colocarme frente al cristal.

Tres destellos.

Respondí con otros tres.

Esta vez apareció una mujer mayor. Solo le vi el rostro un segundo: pelo blanco, ojos muy abiertos y una expresión que todavía recuerdo. No parecía sorprendida de que le respondiera.

Parecía aliviada.

Levantó algo contra el cristal. Una hoja doblada, quizá. No pude leerla desde mi casa. La mujer trató de acercarla más, pero la apartaron bruscamente hacia atrás.

La persiana cayó.

Entonces sí llamé a la policía y expliqué lo que había visto. Me hicieron preguntas precisas: el portal, la ventana, cuánto tiempo llevaba ocurriendo y si había escuchado gritos. Dije la verdad, incluida la parte en la que no estaba segura de haber visto a alguien tirar de ella. Registraron el aviso y me indicaron que volviera a llamar si observaba peligro inmediato.

Pasé el domingo inquieta. A media tarde fui al número 18. En el zaguán coincidí con una mujer que entraba cargada con bolsas de fruta.

—Disculpe, ¿sabe quién vive en el quinto C?

—Beatriz —respondió—. Lleva toda la vida aquí. ¿Por?

—Hace días que veo una luz desde mi ventana. Creo que intenta comunicarse con alguien.

La mujer frunció el ceño.

—Qué raro. Beatriz no sale apenas desde que empezó la obra del baño. Su sobrino dice que está descansando en casa.

—¿Su sobrino?

—Un hombre que viene a veces. Yo no lo conozco mucho.

Le pregunté si podía llamar al timbre. Lo hizo conmigo presente. Nadie contestó. La vecina me recomendó hablar con el administrador el lunes.

Volví a casa con una sensación fría en el estómago.

Aquella noche dejé el móvil cargando, corrí las cortinas lo suficiente para ocultarme y esperé.

23:12.

Un destello.

Dos.

Tres.

Respondí.

La persiana subió. La mujer apareció otra vez y, con un movimiento apresurado, sostuvo un papel grande contra el cristal. Esta vez había escrito las letras tan gruesas que pude leerlas con el zoom del móvil.

AYUDA. 5C.

Debajo había otra palabra.

CERRADA.

Marqué emergencias sin apartar la vista de la ventana.

Mientras daba la dirección, vi encenderse una luz en la habitación situada detrás de ella. La mujer volvió la cabeza. Su expresión cambió y se apartó del cristal.

Un hombre cruzó la estancia.

No pude verle bien la cara. Solo una camiseta oscura y el movimiento brusco con el que bajó la persiana.

La operadora me pidió que permaneciera dentro de mi vivienda, que no acudiera al portal y que siguiera al teléfono.

No sé cuánto tardaron los agentes en llegar. A mí me parecieron horas, pero el reloj avanzó apenas unos minutos. Desde mi ventana vi dos vehículos detenerse ante el número 18 y varias figuras entrar en el edificio.

La ventana del quinto C siguió a oscuras.

Después se encendió la luz del pasillo.

Hubo movimiento detrás del cristal, una persiana que vibró y un destello que no formaba parte de ninguna señal.

Por fin vi a una agente asomarse y levantar el pulgar hacia el patio.

No entendí hasta mucho más tarde cuánto había dependido todo de aquellos minutos.

Al día siguiente una policía me llamó para tomarme declaración. Me explicó únicamente lo que podía contarme: Beatriz estaba a salvo, habían detenido a un hombre que se encontraba en la vivienda y la investigación seguía abierta. No me dieron detalles sobre él, ni los necesitaba.

El martes, al regresar del supermercado, me encontré una nota bajo la puerta de mi piso. La había dejado la vecina de las bolsas, que había conseguido mi número de apartamento después de nuestra conversación.

Decía:

Beatriz quiere darte las gracias. Cuando pueda recibir visitas, te avisaré.

Dos semanas más tarde entré por primera vez en el quinto C.

Beatriz era menuda y hablaba despacio, con una voz raspada que parecía cansarse enseguida. Tomamos café en una mesa pequeña junto a la misma ventana desde la que me había enviado las señales.

Me contó que el hombre que se había presentado como sobrino no lo era. Lo conocía por unas reparaciones anteriores y había conseguido que ella confiara en él para la obra del baño. Cuando Beatriz descubrió que faltaban documentos y dinero, intentó pedir ayuda. Él le quitó el teléfono y la mantuvo encerrada en una habitación mientras trataba de hacerse con más cosas de la casa. Le llevaba comida y procuraba que los vecinos creyeran que estaba descansando.

La ventana tenía un cierre que ella no podía manejar con facilidad. Gritar le daba miedo porque el hombre volvía a menudo y la amenazaba. Encontró, sin embargo, una pequeña linterna a pilas en un cajón.

—Podía acercarme al cristal unos segundos cuando él salía a comprar —me dijo—. Vi tu lámpara todas las noches y pensé que trabajabas hasta tarde. No conocía tu nombre, ni tu cara. Solo sabía que alguien estaba despierto.

—¿Por qué tres destellos?

Beatriz sonrió, agotada.

—Porque uno podía ser casualidad. Dos también. Tres, cada noche, a la misma hora… pensé que alguien acabaría preguntándose qué significaban.

Me quedé callada. Durante días había visto aquella ventana como un misterio entretenido, un pequeño acertijo para romper la monotonía. Para ella había sido la única forma de decir que seguía ahí.

Antes de irme me acompañó hasta la puerta.

—El viernes en que contestaste —dijo—, supe que alguien me había visto. No te imaginas lo que significó.

Aquella noche, ya en casa, volví a sentarme junto a mi mesa de trabajo.

A las 23:12, en el quinto C, una luz se encendió y apagó tres veces.

Le respondí.

La persiana subió completamente y Beatriz me saludó desde su ventana, sin prisas y sin miedo.

Desde entonces repetimos el gesto de vez en cuando. Ya no es una señal de auxilio. Es nuestra manera de decirnos que seguimos al otro lado.

Y cada vez que veo aquellos tres destellos recuerdo algo que casi se me escapa: a veces, lo más inquietante de una ventana iluminada no es lo que oculta.

Es que alguien dentro está haciendo todo lo posible para que lo mires.

Fin del relato. Esta historia y sus personajes son ficticios.